Cuando el color organiza la fotografía callejera
Podemos salir a la calle buscando una persona interesante, un gesto, una coincidencia o algo inesperado que suceda delante de nosotros. Es probablemente una de las maneras más naturales de practicar fotografía callejera: esperamos que ocurra algo y tratamos de reconocerlo a tiempo.
Pero podemos probar exactamente lo contrario.
Durante un rato, olvidarnos de buscar acontecimientos y empezar a buscar colores. Una pared amarilla, una chaqueta roja, el reflejo azul de un escaparate, dos tonos que aparecen separados dentro del encuadre. Quizá entonces descubramos que el color no es simplemente una característica de las cosas que fotografiamos. También puede ser aquello que organiza la fotografía.
Algunos fotógrafos llevan décadas trabajando de maneras muy diferentes con esa posibilidad. No hace falta imitarlos ni convertir sus imágenes en recetas. Podemos utilizarlos para aprender a mirar.
Joel Meyerowitz: empezar a pensar en color
Hoy resulta difícil imaginar que fotografiar en color pudiera considerarse una decisión especialmente significativa. La cámara del teléfono, las redes sociales y las pantallas han conseguido que el color sea prácticamente el estado natural de las imágenes.
Durante buena parte del siglo XX no fue así.
Joel Meyerowitz comenzó a fotografiar las calles de Nueva York en los años sesenta y acabaría convirtiéndose en una de las figuras asociadas a la aceptación del color dentro de la fotografía artística. Su biografía oficial continúa definiéndolo como uno de los pioneros de la fotografía en color.
Lo interesante para nosotros no es solamente aquella reivindicación histórica. Es lo que ocurre cuando dejamos de considerar el color como algo que viene incorporado en la película o en el sensor y empezamos a tratarlo como una información que debemos observar antes de disparar.
Imaginemos una escena muy sencilla: una persona con una camisa roja atraviesa una calle. Podemos fotografiarla porque su gesto nos interesa. Pero también podemos movernos unos pasos y esperar hasta que ese rojo aparezca delante de una superficie verde, junto al amarillo de un taxi o aislado en medio de una zona de tonos neutros.
La persona sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es nuestra razón para disparar.
Estamos empezando a fotografiar relaciones.
Fotografiar en color no consiste solamente en aceptar los colores que aparecen delante de la cámara. También podemos decidir qué relación queremos que exista entre ellos.
Ese podría ser nuestro primer ejercicio: no buscar fotografías durante unos minutos. Buscar dos colores que puedan terminar dentro de la misma fotografía.
Harry Gruyaert: el color construye el encuadre
Con Harry Gruyaert podemos dar otro paso.
El fotógrafo belga comenzó a trabajar con color en París a principios de los años sesenta y desarrolló una obra en la que las luces intensas, las sombras y los colores contrastados adquieren un enorme peso en la construcción de la imagen. Magnum destaca precisamente esa manera de trabajar con ambientes diferentes mediante luces y colores en contraste.
Aquí empieza a suceder algo interesante para quien fotografía.
Normalmente reconocemos primero los objetos: una persona, una puerta, un automóvil, una ventana. Después vemos sus características. La puerta es roja. El coche es azul.
Podemos intentar invertir el proceso.
Antes de ver una puerta roja, ver una superficie roja. Antes de reconocer un coche azul, ver una mancha azul que ocupa una determinada zona del encuadre.
Parece una diferencia pequeña, pero modifica nuestra forma de componer. Los colores empiezan a comportarse casi como formas geométricas. Pueden equilibrar una fotografía, dividirla, dirigir la mirada hacia una esquina o establecer una relación entre elementos que físicamente están separados.
Una fachada iluminada por el sol puede ocupar media imagen. Una persona situada en una pequeña zona de sombra puede convertirse en el contrapunto. Quizá ni siquiera necesitemos que esa persona haga nada extraordinario.
La fotografía ya estaba empezando a existir antes de que llegara.
Eso introduce otra posibilidad muy propia de la fotografía callejera: encontrar primero el escenario y esperar después al personaje.

Alex Webb: utilizar el color para ordenar el caos
Con Alex Webb la dificultad aumenta.
Webb comenzó fotografiando en blanco y negro en el sur de Estados Unidos durante los años setenta. Sus trabajos posteriores en el Caribe y México lo llevaron a empezar a fotografiar en color, lenguaje que ha mantenido desde entonces.
Sus fotografías pueden contener varias cosas sucediendo simultáneamente: figuras cercanas y lejanas, sombras profundas, puertas, paredes, gestos, siluetas y acontecimientos repartidos por distintos planos.
Ante una escena así sería fácil pensar que el color añade todavía más desorden.
Muchas veces ocurre lo contrario.
Un color puede relacionar dos zonas alejadas de la fotografía. Otro puede separar el primer plano del fondo. Una superficie iluminada puede convertirse en el lugar hacia el que termina desplazándose nuestra mirada después de recorrer otras partes del encuadre.
El color ayuda a construir jerarquías.
En PiedeFoto ya nos habíamos detenido en la fotografía de Alex Webb. Aquí podemos quedarnos únicamente con una enseñanza especialmente útil para salir a la calle:
Una escena compleja no tiene por qué simplificarse eliminando cosas del encuadre. También podemos intentar relacionarlas.
Eso requiere más paciencia. Quizá encontremos una buena distribución de colores y todavía no exista fotografía. Falta alguien en primer plano. O una figura del fondo necesita desplazarse un metro. O debemos movernos nosotros para que dos zonas que estaban separadas empiecen a relacionarse.
Entonces esperar deja de significar simplemente aguardar un instante decisivo.
Estamos esperando que varias piezas terminen ocupando simultáneamente el lugar que necesitamos.
Saul Leiter: no todo tiene que explicarse
Y después podemos hacer algo aparentemente contradictorio: dejar de ordenar tanto.
Saul Leiter empezó a experimentar con película diapositiva en color en Nueva York a finales de los años cuarenta. La Saul Leiter Foundation conserva un enorme archivo de diapositivas, con imágenes que se remontan a 1948.
Pero mirar sus fotografías callejeras puede resultar desconcertante si esperamos encontrar escenas perfectamente explicadas.
Cristales empañados, reflejos, nieve, paraguas, escaparates, superficies que ocultan buena parte de la imagen. A veces una gran mancha cromática domina el encuadre mientras aquello que podríamos considerar el verdadero sujeto queda reducido a una pequeña zona. La propia fundación destaca su gusto por fotografiar a través de cosas, por la ambigüedad y por encontrar interés en escenarios cotidianos.
Aquí el color ya no necesita describir.
Puede sugerir.
Una superficie roja puede ocupar media fotografía aunque no sepamos inmediatamente qué estamos viendo. Un cristal puede modificar los colores de la calle. Una figura puede aparecer parcialmente escondida detrás de algo que normalmente intentaríamos evitar.
En La fotografía de Saul Leiter, cuando el color aprendió a susurrar ya vimos hasta qué punto esa manera de mirar forma parte de su fotografía. Pero aquí nos interesa por algo muy concreto: Leiter permite perder el miedo a que todo tenga que estar claramente representado.
También podemos fotografiar una sensación cromática.

Salir a buscar colores
Meyerowitz, Gruyaert, Webb y Leiter no nos ofrecen cuatro procedimientos que podamos aplicar mecánicamente. Sus fotografías son demasiado diferentes para eso.
Pero ponerlos juntos permite descubrir algo.
Podemos utilizar el color para encontrar una relación, como hemos visto con Meyerowitz; para construir el encuadre, siguiendo a Gruyaert; para organizar una escena compleja, como ocurre en Webb; o para ocultar, sugerir y transformar lo cotidiano, como hace Leiter.
La próxima vez que salgamos con una cámara podemos probar algo mucho más sencillo.
Durante media hora, no buscar personas interesantes. Buscar colores. Es un ejercicio sencillo, pero también otra forma de entender la fotografía como práctica de atención: decidir conscientemente qué vamos a buscar modifica aquello que empezamos a ver.
Encontrar primero una superficie que nos atraiga y observar qué ocurre alrededor. Cambiar de posición para relacionarla con otro color. Esperar a que alguien atraviese una zona determinada. Fotografiar a través de un cristal. Dejar que una mancha ocupe más espacio del que normalmente le concederíamos.
Probablemente muchas fotografías no funcionarán. Eso también forma parte del ejercicio.
Porque el objetivo no es regresar con una gran fotografía en color. Es comprobar si durante ese tiempo hemos conseguido dejar de mirar solamente las cosas para empezar a mirar también las relaciones que existen entre ellas.
Y quizá entonces ocurra algo curioso.
Volveremos a casa viendo los mismos coches, escaparates, abrigos, señales, paredes y personas que estaban allí cuando salimos.
Pero la calle tendrá más colores que antes.
