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Cuando la luz y una sombra detienen la mirada

Esperaba que llegara mi cita. Sentado en un banco de una plaza de Valencia, dejando pasar el tiempo. A mi espalda quedaban las Torres de Serranos, uno de esos lugares que parecen pedir una fotografía casi por obligación.

Pero no miré hacia allí.

Delante tenía una fachada corriente, una puerta de madera y una sombra que durante unos minutos había cambiado por completo aquel pequeño fragmento de ciudad. Eso fue lo que me hizo levantar la cámara.

La fotografía estaba en la luz

No recuerdo haber pensado demasiado antes de hacerla. Tampoco buscaba documentar la arquitectura ni conservar un rincón concreto de Valencia.

Me interesó la manera en que la luz estaba dividiendo la fachada.

La puerta recibía el sol con toda su intensidad. La madera ganaba volumen, textura y un color casi excesivo. A pocos centímetros, la sombra convertía la pared en una sucesión de formas que no pertenecían realmente al edificio. Durante unos instantes, aquella fachada tenía otra geometría.

Hay fotografías que no se buscan. Solo esperan a que levantemos la vista. La mejor fotografía de aquella mañana no estaba donde había ido. Estaba donde me detuve.

Probablemente media hora antes la fotografía no existía. Media hora después tampoco. Algo parecido ocurría en La luz de las nueve y diez: no cambiaba el lugar, sino el instante en que la luz lo transformaba.

La puerta seguiría en su sitio. La ventana también. Pero la relación entre todos aquellos elementos habría cambiado.

Eso es algo que siempre me ha interesado de la fotografía: su capacidad para registrar transformaciones que no modifican realmente las cosas. La luz cambia y, de repente, un lugar que conocemos parece distinto.

Lo que la cámara vio y yo no

Hay además algo curioso en esta fotografía.

El cajero automático situado a la izquierda tiene bastante presencia. Su color, los rótulos y su aspecto funcional contrastan con la madera de la puerta y con la irregularidad de las sombras.

Sin embargo, cuando hice la fotografía apenas reparé en él.

No formaba parte consciente de mi decisión.

Estaba allí y la cámara lo incluyó.

Esto plantea una de esas pequeñas diferencias entre fotografiar y mirar una fotografía después. En el momento del disparo seleccionamos, pero nuestra atención no controla cada centímetro del encuadre. La cámara registra con una indiferencia que nosotros no tenemos.

Después aparecen elementos que no habíamos considerado importantes.

Y entonces debemos decidir qué hacer con ellos.

Podemos pensar que molestan, intentar eliminarlos o preguntarnos si, precisamente por no haber sido buscados, aportan algo que la fotografía necesita.

En este caso no eliminaría el cajero.

No porque esconda una gran metáfora sobre la ciudad contemporánea frente a la arquitectura tradicional. Sería atribuirle al momento del disparo una intención que no existió.

Simplemente forma parte de aquel lugar.

Y quizá esa pequeña incomodidad impida que la fotografía resulte demasiado perfecta.

Mirar mientras esperamos

Lo que más me interesa ahora de esta imagen no es la puerta, ni siquiera la sombra.

Es recordar las circunstancias en que apareció.

No había salido a fotografiar.

No estaba recorriendo Valencia buscando imágenes.

Esperaba a alguien.

Y, mientras esperaba, seguía mirando.

Tal vez ahí permanezca algo de la mirada fotográfica incluso cuando apenas hacemos fotografías. La cámara puede quedarse guardada durante semanas, pero ciertas relaciones entre luz, formas y espacio siguen llamando nuestra atención.

Entonces ocurre algo pequeño.

Una sombra atraviesa una fachada.

La madera se ilumina.

Durante unos minutos, una puerta cualquiera deja de ser completamente cotidiana.

Y hacemos una fotografía.


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