Fiebre Photobook Fest: cuando las fotografías ocupan una mesa
Del muro y la pantalla al libro: otra manera de encontrarnos con las fotografías
Hay fotografías que conocemos colgadas de una pared. Otras llegan a nosotros a través de una pantalla, mezcladas con mensajes, vídeos, publicidad y todas las imágenes que compiten cada día por unos segundos de atención. Y hay fotografías que esperan sobre una mesa.
Del 18 al 20 de septiembre, Fiebre Photobook Fest XIII vuelve a convertir La Casa Encendida de Madrid en un lugar lleno de esas mesas. La feria reúne este año 127 propuestas seleccionadas entre artistas, colectivos, editoriales, librerías y distribuidoras de 19 países. Pero quizá las cifras sean lo menos interesante cuando uno se encuentra delante de un fotolibro.
Hay que acercarse.
Una cubierta llama la atención, reconocemos un nombre o simplemente sentimos curiosidad. Abrimos el libro y aparece una fotografía. Pasamos la página y aparece otra. A partir de ese momento ya no estamos mirando imágenes aisladas: alguien ha decidido cuáles debían estar allí, en qué orden, con qué tamaño y acompañadas de qué otras fotografías.
Fiebre permite observar algo que resulta fácil olvidar en una cultura visual dominada por las pantallas: una fotografía también puede convertirse en un objeto que necesita tiempo, espacio y manos para ser recorrido.
Una exposición horizontal
Una feria de fotolibros puede recordar inicialmente a una exposición. Hay autores, proyectos fotográficos y muchas imágenes reunidas en un mismo espacio. Sin embargo, la relación con ellas es muy diferente.
En una exposición, las fotografías suelen esperarnos en una pared. El espacio determina buena parte del recorrido: entramos en una sala, avanzamos, nos detenemos ante determinadas imágenes y continuamos hacia la siguiente.
Sobre una mesa ocurre otra cosa.
Los libros están unos junto a otros. Podemos detenernos ante una cubierta, ignorar la siguiente, volver a una publicación que habíamos dejado atrás o descubrir un proyecto del que no sabíamos absolutamente nada. El recorrido deja de estar definido únicamente por el espacio y empieza a depender de nuestra curiosidad.
También cambia la distancia física. Para mirar un fotolibro tenemos que acercarnos. Cuando es posible manipularlo, debemos cogerlo, abrirlo y decidir cuánto tiempo permanecemos en cada página. El espectador se convierte durante unos minutos en una especie de editor provisional de su propia experiencia: avanza, retrocede, compara y establece relaciones.
Fiebre nació precisamente alrededor de ese encuentro. Desde sus primeras ediciones, la plataforma ha buscado conectar autores, editoriales, profesionales y público, creando un espacio donde los proyectos fotográficos puedan circular y encontrar nuevos interlocutores.
La mesa no es, por tanto, una pared colocada en horizontal. Es otra manera de encontrarse con las fotografías.
Cuando una fotografía necesita otra fotografía
Estamos acostumbrados a valorar fotografías individualmente. Una imagen puede parecernos extraordinaria sin necesidad de conocer las que fueron realizadas antes o después.
Un fotolibro introduce una lógica diferente.
La primera fotografía condiciona la segunda. Una página puede preparar la siguiente o contradecirla. Dos imágenes aparentemente independientes pueden adquirir otro significado cuando aparecen enfrentadas. También cuentan las repeticiones, los cambios de escala, los textos, los silencios e incluso las páginas en las que aparentemente no ocurre nada.
El fotógrafo deja entonces de decidir solamente dónde colocar los límites del encuadre. Al construir un libro debe decidir también qué fotografías permanecen, cuáles desaparecen y cómo deben relacionarse entre ellas.
Esa construcción de una secuencia es precisamente lo que convierte el fotolibro en una forma de expresión capaz de contar una historia con imágenes en papel, y no simplemente en un soporte donde reunir fotografías.
Un fotolibro no es una colección de fotografías encuadernadas. Es una forma de decidir qué ocurre cuando una fotografía aparece después de otra.
Por eso resulta especialmente interesante una feria como Fiebre. Sobre sus mesas pueden convivir maneras muy diferentes de entender esa relación: publicaciones realizadas por grandes editoriales junto a pequeñas ediciones independientes, proyectos de autores individuales, trabajos colectivos, libros cuidadosamente producidos y propuestas que exploran formatos menos convencionales.
No necesitamos conocer previamente los nombres para participar en esa experiencia. También podemos empezar simplemente abriendo un libro.
Quizá esa sea una de las diferencias más estimulantes respecto al consumo cotidiano de fotografías en internet. En una red social, la imagen siguiente suele ser elegida por un algoritmo. En un fotolibro, alguien ha decidido que esa fotografía debía estar precisamente ahí.

La fotografía vuelve a ser un objeto
Hay además algo inevitablemente físico en todo esto.
Un fotolibro tiene dimensiones, peso y textura. El papel puede ser brillante o mate, ligero o grueso. Una fotografía puede ocupar dos páginas o aparecer pequeña en medio de un espacio vacío. La encuadernación determina cómo se abre el libro y hasta dónde podemos extenderlo. Una cubierta puede proteger el contenido, anticiparlo o formar parte del propio proyecto.
Nada de eso es accesorio cuando está bien resuelto.
Fiebre lo hace especialmente visible a través de Cosecha, su programa dedicado a maquetas de fotolibros. Para participar se exige presentar una maqueta física en papel y no se aceptan proyectos exclusivamente digitales. La decisión tiene sentido: antes de convertirse en una publicación terminada, un fotolibro necesita comprobar cómo funciona como objeto.
Una maqueta permite tocar aquello que todavía se está pensando.
Permite descubrir que una fotografía necesita mayor tamaño, que dos imágenes no funcionan enfrentadas, que determinado papel modifica demasiado los negros o que un cambio aparentemente pequeño en la secuencia transforma el ritmo completo del proyecto.
Ese proceso conecta con algo que ya hemos tratado en PiedeFoto al hablar de imprimir fotografías y hacer que la imagen vuelva a ser un objeto. La impresión no es solamente el último paso técnico después de haber terminado una fotografía. En determinados proyectos forma parte de la manera en que esa fotografía será finalmente experimentada.
En una época en la que podemos producir, editar, enviar y contemplar una imagen sin que llegue a existir físicamente en ningún momento, una mesa cubierta de fotolibros propone una relación sorprendentemente material con la fotografía.
Hay que abrirlos para que sucedan.
Una mesa también es un lugar de encuentro
Pero las mesas de Fiebre tienen otra particularidad: muchas veces hay alguien al otro lado.
Puede ser quien hizo las fotografías, quien decidió publicarlas, quien diseñó el libro, una editorial que ha construido su catálogo alrededor de determinada manera de entender la imagen o una librería que selecciona y hace circular publicaciones que difícilmente encontraríamos por casualidad.
La edición XIII reúne 127 propuestas procedentes de 19 países. La diversidad importa no solo por la cantidad de libros disponibles, sino porque convierte la feria en un lugar donde diferentes partes de la cultura fotográfica coinciden durante unos días en el mismo espacio.
El fotolibro aparece entonces como algo más que el resultado final de un proyecto personal. A su alrededor encontramos fotógrafos, diseñadores, editores, impresores, distribuidores, libreros, coleccionistas y lectores. Las fotografías necesitan de muchas decisiones y muchos oficios antes de terminar sobre una de esas mesas.
También necesitan público.
Fiebre ha ido creciendo precisamente alrededor de esa comunidad. El festival combina el BookMarket con exposiciones, talleres, encuentros y otras actividades, mientras que durante el resto del año la plataforma mantiene proyectos destinados a conservar, difundir y hacer accesible la cultura del fotolibro.
Pero durante unos días todo vuelve a concentrarse en un gesto bastante sencillo: alguien coloca un libro sobre una mesa y otra persona decide acercarse.
Quizá ahí esté una de las razones por las que una feria de fotolibros sigue teniendo sentido cuando nunca habíamos tenido tantas fotografías disponibles.
No necesitamos otra pantalla para verlas.
Necesitamos descubrir qué ocurre cuando alguien selecciona unas pocas, decide que deben permanecer juntas y las convierte en algo que podemos abrir, recorrer y volver a cerrar.
Una fotografía sobre una mesa deja de ser solamente una imagen que vemos. Podemos pasar la página y descubrir qué ocurre cuando aparece la siguiente.
