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Fotografiando fiestas populares: encontrar una imagen entre la multitud

Una fiesta popular puede parecer el lugar perfecto para salir con una cámara. Hay gente, movimiento, música, colores, tradiciones, calles transformadas y acontecimientos que sabemos de antemano que van a ocurrir.

El problema es precisamente ese: ocurre demasiado.

Podemos volver a casa con cientos de fotografías y descubrir después que todas describen correctamente la fiesta, pero ninguna consigue separarse del conjunto. Hemos fotografiado la procesión, los músicos, los trajes, el público y los momentos principales. Tenemos documentación. Quizá todavía no tengamos una imagen.

Fotografiar una fiesta popular obliga a decidir qué buscamos dentro de una situación en la que casi todo parece reclamar nuestra atención.

Antes de fotografiarlo todo, conviene elegir qué mirar

No es lo mismo fotografiar unas Fallas que una romería, una verbena, una procesión, unos Moros y Cristianos o una fiesta de pueblo. Cada celebración tiene sus propios ritmos, espacios y códigos. Algunas se recorren; otras obligan a esperar. Unas suceden a plena luz del día y otras alcanzan su mejor momento cuando ya ha oscurecido.

Conocer mínimamente qué va a ocurrir ayuda mucho. Saber por dónde pasa un desfile, a qué hora comienza un acto o dónde se concentran los participantes permite decidir nuestra posición antes de que llegue la multitud.

Pero conocer el programa no significa tener que convertirnos en cronistas de todos sus actos.

Podemos decidir que nos interesan los participantes antes de comenzar, las relaciones entre generaciones, los espectadores, los pequeños gestos durante una espera o la manera en que una fiesta transforma durante unas horas un espacio cotidiano. En buena medida, depende de con qué objetivo salimos a fotografiar.

También podemos dejarnos sorprender.

Una buena posición y cierta anticipación aumentan las posibilidades, pero las fiestas están llenas de acontecimientos laterales que ningún programa anuncia. Alguien termina de vestirse en un portal, un músico descansa mientras los demás continúan, una familia espera durante media hora para que el desfile pase delante de su casa o un participante abandona durante unos segundos su personaje.

Cuando todo parece fotografiable, seleccionar deja de ser una limitación. Es la primera decisión que puede convertir una celebración en una fotografía.

Esto no implica renunciar a las imágenes más reconocibles. Una fiesta tiene símbolos, rituales y momentos que forman parte de su identidad y merece la pena registrarlos. Pero si nos limitamos a perseguir aquello que todos esperan ver, probablemente acabaremos fotografiando desde los mismos lugares y en los mismos instantes que todos los demás.

Moverse, esperar y llevar el equipo suficiente

Las fiestas populares suelen obligarnos a caminar mucho, permanecer de pie, atravesar calles llenas de gente y reaccionar ante situaciones que cambian rápidamente. Eso convierte la ligereza en una ventaja.

No existe un equipo ideal, pero una cámara que conozcamos bien y un objetivo versátil pueden resolver buena parte de las situaciones. Un zoom moderado permite pasar de una escena amplia a un gesto sin cambiar de óptica entre la multitud. Una focal fija, por el contrario, obliga a trabajar desde una distancia más constante y puede ayudarnos a mantener una cierta coherencia visual.

La elección depende también de nuestra manera de aproximarnos. Un teleobjetivo permite aislar detalles o trabajar cuando no podemos acercarnos físicamente, mientras que una focal corta nos obliga a entrar en la escena e incorporar más contexto.

La velocidad de obturación merece algo más de atención que la obsesión por conseguir siempre imágenes perfectamente congeladas. Hay momentos en que necesitamos detener un movimiento rápido y otros en que un pequeño desenfoque puede transmitir mejor el ritmo de una danza, una carrera o una multitud desplazándose.

También cambian las condiciones de luz. Podemos empezar por la tarde, continuar durante la hora azul y terminar entre farolas, puestos y luces de verbena. Una batería de repuesto y una tarjeta con espacio suficiente suelen ser más útiles que cargar con varios objetivos que apenas utilizaremos.

Y hay una cuestión todavía más básica: movernos sin estorbar.

Que una fiesta ocurra en el espacio público no convierte automáticamente cualquier posición en un buen lugar para el fotógrafo. No merece la pena bloquear un paso, interponerse delante de quienes participan o convertir nuestra necesidad de conseguir una imagen en parte del acontecimiento.

Con frecuencia, llegar un poco antes proporciona mejores fotografías que intentar ganar centímetros cuando la calle ya está llena.

La fotografía puede estar fuera del centro

Cuando empieza el momento principal, casi todas las cámaras apuntan en la misma dirección.

Puede ser interesante mirar también hacia otro lado.

El público forma parte de una fiesta tanto como quienes participan oficialmente. Las personas esperan, comentan, se aburren, se emocionan, fotografían con sus teléfonos o levantan a los niños para que puedan ver. En esas relaciones aparece una parte de la celebración que difícilmente encontraremos en el programa oficial.

Fiesta de Los Mayos en Chulilla (Valencia). Fotografía: Gavilá

También están los momentos anteriores y posteriores. Los preparativos permiten acercarnos a quienes todavía no están actuando ante el público. Cuando todo termina aparecen el cansancio, el desmontaje y una calle que comienza lentamente a recuperar su aspecto habitual.

Mirar alrededor no significa buscar sistemáticamente una imagen excéntrica o diferente. Se trata simplemente de recordar que el acontecimiento principal no agota todo lo que está ocurriendo.

Cristina García Rodero ofrece una referencia extraordinaria para comprenderlo. Su trabajo sobre celebraciones, ritos y tradiciones españolas no reduce las fiestas a sus momentos ceremoniales. En muchas imágenes importan tanto los cuerpos, las miradas, las esperas o las relaciones entre personas como el propio ritual.

Ahí reside probablemente una de las grandes diferencias entre fotografiar una fiesta y limitarse a registrar su apariencia.

La primera posibilidad nos permite construir una mirada. La segunda puede ser perfectamente útil como documentación, pero depende mucho más del acontecimiento que de nuestras decisiones.

Tres maneras de seguir mirando

Antes de buscar nuevas técnicas puede resultar más interesante observar cómo distintos fotógrafos se han acercado a celebraciones, rituales y espacios llenos de gente.

Cristina García Rodero es la referencia inevitable en España. Su trabajo demuestra lo que puede aportar permanecer durante años atento a unas tradiciones, volver a los mismos lugares y conocer lo suficiente aquello que ocurre como para mirar más allá de lo evidente.

Graciela Iturbide introduce otra relación con la cultura popular, los rituales y las comunidades. Sus fotografías mexicanas muestran que una celebración puede ser simultáneamente cotidiana, simbólica y difícil de explicar desde fuera. Su mirada ayuda también a recordar que fotografiar una tradición no significa convertirla en una curiosidad pintoresca.

Alex Webb nos lleva a un territorio visual diferente. El color, las capas, la luz y las figuras que se superponen permiten comprobar cómo una escena llena de estímulos puede organizarse sin necesidad de simplificarla hasta dejarla vacía. Sus fotografías son especialmente interesantes cuando pensamos en el problema inicial de este artículo: qué hacer cuando dentro del encuadre están sucediendo demasiadas cosas.

Los libros permiten detenernos en estas miradas de una manera que una sucesión de imágenes en pantalla difícilmente consigue. Tres referencias resultan especialmente útiles para seguir pensando el tema.

España oculta, de Cristina García Rodero, es mucho más que un libro sobre fiestas populares. Sus fotografías recorren celebraciones, creencias y rituales y permiten comprender hasta qué punto la fotografía puede acercarse a una tradición sin limitarse a reproducir sus aspectos más espectaculares.

Images of the Spirit, de Graciela Iturbide, amplía el territorio hacia México y hacia una fotografía en la que cultura, ritual, vida cotidiana y símbolos aparecen continuamente relacionados.

The Suffering of Light, de Alex Webb, no es un libro sobre fiestas, y precisamente por eso completa bien los anteriores. Sus imágenes muestran cómo trabajar con el color, la multitud y composiciones complejas sin exigir que una escena tenga un único centro evidente.

No hace falta fotografiar como ninguno de ellos. La utilidad de mirar referencias no está en reproducir sus soluciones, sino en comprobar que una misma situación admite maneras muy diferentes de ser fotografiada.


Una fiesta popular nos ofrece más imágenes de las que podremos hacer. Quizá la dificultad —y también el atractivo— esté en aceptar que no necesitamos llevárnoslas todas.

NOTA: La imagen destacada de este artículo ha sido creada por Gavilá con asistencia de inteligencia artificial. No representa hechos reales ni pretende sustituir la autoría fotográfica humana, sino servir como ilustración conceptual del contenido.



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