La fotografía de...

Joan Fontcuberta y por qué nunca hemos creído del todo a las fotografías

Las imágenes siempre han necesitado nuestra confianza. Y quizá nunca la han merecido por completo.

Existe una idea profundamente arraigada desde el nacimiento de la fotografía: si una cámara estuvo delante de una escena, aquello tuvo que ocurrir.

Durante más de un siglo, esa relación entre fotografía y verdad apenas se cuestionó. La imagen podía ser parcial, podía estar mal encuadrada o incluso manipulada, pero seguía conservando un prestigio especial: el de haber estado allí.

Hoy, en plena era de la inteligencia artificial, esa confianza parece resquebrajarse. Nos preguntamos si todavía podremos creer en las fotografías. Sin embargo, Joan Fontcuberta lleva más de cuarenta años recordándonos que esa pregunta llegó mucho antes que los algoritmos.

Su trabajo no intenta destruir la fotografía. Hace algo mucho más interesante: desmonta nuestra manera de creer en ella.

Un fotógrafo que no quería demostrar nada

Resulta difícil presentar a Joan Fontcuberta utilizando categorías convencionales. Es fotógrafo, sí. Pero también es ensayista, comisario, profesor y uno de los pensadores que más profundamente ha reflexionado sobre la naturaleza de las imágenes.

La fotografía nunca ha sido únicamente un espejo del mundo. También ha sido un extraordinario mecanismo para construir relatos, fabricar certezas y alimentar nuestra necesidad de creer que las imágenes dicen la verdad.

Gran parte de su obra consiste en fabricar ficciones perfectamente documentadas. Animales inexistentes, archivos científicos imaginarios, astronautas que nunca viajaron al espacio o herbarios imposibles aparecen presentados con el rigor visual propio de un museo, un laboratorio o una publicación académica.

Lo sorprendente no es descubrir que esas historias son falsas.
Lo inquietante es comprobar lo fácil que resulta creerlas.

No nos engañan las fotografías. Nos engaña nuestra necesidad de creer.

Cuando una fotografía aparece publicada en un periódico, en un libro o en un museo solemos concederle una autoridad inmediata.

No analizamos únicamente la imagen. También confiamos en el contexto que la acompaña: el pie de foto, el diseño de la página, el prestigio del medio o la aparente neutralidad del documento.

Fontcuberta desplaza precisamente esa confianza. Sus proyectos funcionan porque utilizan los códigos de la fotografía documental para contar historias inventadas.

Y cuando el espectador descubre el artificio, comprende que el verdadero tema nunca fue la mentira.

Era la credibilidad.

Una fotografía rara vez actúa sola. Siempre llega acompañada por un contexto que orienta nuestra lectura. A veces creemos más en ese contexto que en la propia imagen.

La mentira como herramienta para comprender la verdad

A primera vista podría parecer que Fontcuberta defiende el engaño. Ocurre exactamente lo contrario.

Sus ficciones no pretenden sustituir la realidad. Sirven para revelar hasta qué punto nuestras certezas visuales descansan sobre convenciones que pocas veces cuestionamos.

Cuando aceptamos sin reservas que una imagen constituye una prueba, dejamos de observarla críticamente.

Fontcuberta rompe ese automatismo.

No destruye nuestra confianza en la fotografía.

Nos obliga a reconstruirla sobre bases más conscientes.

La inteligencia artificial no ha inventado este problema

En los últimos años la conversación sobre las imágenes se ha desplazado hacia la inteligencia artificial generativa. Fotografías de personas inexistentes, escenas nunca fotografiadas o ilustraciones imposibles han abierto un debate legítimo sobre la verdad y la manipulación.

Sin embargo, reducir la discusión a la IA significa olvidar que la fotografía siempre ha sido interpretación.

El encuadre excluye.

La edición selecciona.

El pie de foto orienta.

La secuencia modifica el significado.

Y la publicación termina de construir el relato.

La inteligencia artificial amplía el problema.

No lo crea.

Quizá la pregunta importante ya no sea si una imagen es verdadera o falsa. Tal vez debamos preguntarnos quién la produce, con qué intención circula y por qué estamos dispuestos a creerla.

Una conversación que apenas acaba de empezar

Leer hoy a Joan Fontcuberta produce una sensación curiosa. Muchos de sus textos fueron escritos décadas antes de que existieran las redes sociales, los teléfonos móviles o la inteligencia artificial.

Y, sin embargo, parecen describir con precisión el momento que vivimos.

No porque anticiparan una tecnología concreta.

Sino porque entendieron que el verdadero problema nunca fueron las cámaras.

Siempre fueron las imágenes.

Por qué Fontcuberta llega ahora a PiedeFoto

Hasta ahora apenas habíamos citado a Joan Fontcuberta en PiedeFoto.

No era un olvido.

Era una espera.

Antes necesitábamos hablar de autores que nos enseñaran a mirar el paisaje, la ciudad, el cuerpo, el documento o la edición.

Ahora aparece una pregunta distinta.

No cómo hacer fotografías.

Sino qué significa una fotografía cuando ya no podemos dar por sentado aquello que muestra.

Fontcuberta no llega para responder definitivamente a esa cuestión.

Llega para impedir que volvamos a formularla de manera ingenua.

Seguir creyendo en las fotografías

Quizá la mejor manera de leer la obra de Joan Fontcuberta no sea buscando respuestas.

Sus proyectos funcionan porque introducen una duda allí donde parecía existir una certeza.

Después de recorrerlos seguimos creyendo en las fotografías.

Pero lo hacemos de otra manera.

Con menos ingenuidad.

Con más preguntas.

Y quizá esa sea una forma mucho más saludable de mirar.

NOTA: Las imágenes de este artículo han sido creadas por Gavilá con asistencia de inteligencia artificial. No representan hechos reales ni pretenden sustituir la autoría fotográfica humana, sino servir como ilustración conceptual del contenido.



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