Joana Biarnés, las fotografías que volvieron a tener futuro
Cuando recuperar un archivo significa algo más que recordar a quien hizo las fotografías
Durante más de veinte años, Joana Biarnés fotografió una España que estaba cambiando. Catástrofes, deporte, moda, personajes populares, artistas y escenas de una sociedad que empezaba a dejar atrás algunas de sus costumbres y a descubrir otras. Después abandonó el fotoperiodismo, abrió un restaurante en Ibiza y durante años buena parte de aquellas fotografías permaneció prácticamente fuera de la historia pública de la fotografía española.
Hasta que alguien volvió a mirar.
Quizá por eso interesa tanto regresar ahora a Joana Biarnés. No solamente por lo que hizo cuando llevaba una cámara, sino por lo que ocurrió con sus fotografías cuando ella ya había dejado de hacerlas.
Su recuperación permite pensar en algo que afecta a cualquier fotógrafo, aunque pocos construyan un archivo de su importancia: hacer una fotografía y conseguir que esa fotografía tenga una vida son cosas diferentes.
Conseguir la fotografía
La biografía de Joana Biarnés contiene suficientes episodios extraordinarios como para que resulte difícil resistirse a ellos.
Nació en Terrassa en 1935 y comenzó muy joven ayudando a su padre, fotógrafo deportivo. Estudió en la Escuela de Periodismo de Barcelona y trabajó en fotografía deportiva, industrial, de moda, bodas, retrato infantil y foto fija antes de incorporarse al diario Pueblo. En un oficio ocupado casi exclusivamente por hombres tuvo que soportar desde impedimentos profesionales hasta los insultos de quienes no concebían que una mujer pudiera estar fotografiando junto a un campo de fútbol.
Luego llegaron las historias que terminarían convirtiéndose casi en leyenda.
En 1965, después de fotografiar a los Beatles en Madrid, consideró que todavía no tenía la imagen que buscaba. Consiguió viajar en el avión que los llevaba a Barcelona y posteriormente acceder al hotel Avenida Palace. Allí pasó varias horas fotografiándolos en una situación mucho más cotidiana que la ofrecida a la prensa. Ella misma explicaría años después que había aprendido de su padre a buscar «la foto», aquella que aportara algo diferente a lo conseguido por los demás.
Pero reducir a Biarnés a aquella habitación sería injusto.

Fotografió las inundaciones del Vallès de 1962, acontecimientos deportivos y sociales, moda y numerosos personajes de la cultura y el espectáculo. Ante su cámara estuvieron Dalí, Buñuel, Lola Flores, Marisol, Massiel, Serrat, Raphael o Rocío Dúrcal. Su archivo es también testimonio de las transformaciones sociales y culturales que atravesaron España desde el franquismo hasta los comienzos de la democracia.
Incluso cuando trabajaba con moda evitaba encerrarla en el estudio. Prefería llevar las modelos a la calle, haciendo convivir ropa, ciudad y las reacciones de quienes se encontraban inesperadamente con aquella escena.
Había una intención detrás de las fotografías. En una entrevista realizada cuando tenía 82 años lo explicó de manera muy sencilla: para ella el mérito del reportero gráfico estaba en captar la emoción y el momento, estuviera solo o rodeado por otros treinta fotógrafos.
Conseguir una fotografía puede requerir estar en el lugar adecuado. Conseguir que permanezca exige que alguien vuelva a encontrarla muchos años después.
Cuando un archivo desaparece sin desaparecer
En 1985 Joana Biarnés abandonó profesionalmente la fotografía.
No dejó de trabajar porque hubiera dejado de interesarle hacer imágenes. Se había distanciado de un periodismo que, según explicó posteriormente, estaba derivando hacia contenidos cada vez más sensacionalistas. Se marchó a Ibiza con su marido, el periodista Jean Michel Bamberger, y desarrolló otra de sus pasiones abriendo un restaurante.
Sus negativos continuaban existiendo.
Y ahí aparece una diferencia importante: conservar no significa necesariamente permanecer visible.
Un archivo puede estar perfectamente guardado y, sin embargo, desaparecer de la conversación cultural. Las fotografías siguen allí, pero dejan de circular. Nadie las publica, nadie las expone, nadie investiga qué contienen y las nuevas generaciones desconocen incluso quién estuvo detrás de ellas.
La recuperación de Joana comenzó cuando, buscando imágenes de las inundaciones del Vallès de 1962 para una exposición conmemorativa, el fotógrafo Cristóbal Castro encontró sus fotografías y posteriormente el resto de su archivo. Aquello inició un reconocimiento extraordinariamente tardío.
Décadas después de haber realizado muchas de aquellas imágenes, las fotografías seguían siendo las mismas; lo que había cambiado era nuestra posibilidad de volver a verlas.
Volver a mirar también es trabajar con fotografías
Aquí entra Photographic Social Vision.
Desde 2014 la Fundación comenzó a representar el Archivo Joana Biarnés y trabajó junto a la propia fotógrafa durante los años de su redescubrimiento. Investigar y digitalizar negativos fue solamente una parte del proceso.
Hubo que organizar exposiciones, gestionar entrevistas, defender derechos de propiedad intelectual, preparar copias para coleccionistas, investigar materiales y construir nuevas formas de acceso a la obra. Photographic Social Vision coeditó con Blume el libro antológico Disparando con el corazón y coprodujo el documental Joana Biarnés. Una entre todos.

Después de su muerte, en diciembre de 2018, el trabajo continuó.
En 2022, gracias a la cesión realizada por Jean Michel Bamberger, la Fundación pasó a ser propietaria del Archivo Joana Biarnés y a custodiar los negativos originales. La investigación sigue permitiendo descubrir dimensiones de su trabajo que habían recibido menos atención. Una revisión de más de 25.000 negativos, por ejemplo, permitió profundizar en su aportación a la fotografía de moda y desarrollar nuevas exposiciones.
Todo esto nos devuelve a una cuestión que ya apareció en PiedeFoto al hablar de trabajar con fotografías sin hacer fotografías.
Un archivo necesita fotógrafos, pero también investigadores, documentalistas, conservadores, comisarios, editores, diseñadores, instituciones y personas capaces de decidir qué puede seguir diciendo una imagen varias décadas después de haber sido tomada.
La historia de Joana Biarnés permite verlo de una manera especialmente clara porque ella todavía pudo asistir a una parte de ese proceso.
Pudo contemplar cómo regresaban sus propias fotografías.
Cuando el legado deja de mirar hacia atrás
Pero hay una última decisión que transforma esta historia.
Joana Biarnés no quiso que la recuperación de su obra sirviera únicamente para recuperar su nombre.
Uno de sus últimos deseos fue que los beneficios generados por su legado contribuyeran al desarrollo profesional de futuras generaciones de fotoperiodistas. Después de su muerte, Photographic Social Vision creó en 2019 la Beca Joana Biarnés para Jóvenes Fotoperiodistas.
La beca financia proyectos de investigación fotoperiodística y documental sobre cuestiones sociales que necesitan tiempo y profundidad. Sus primeros proyectos abordaron asuntos como la violencia sexual, la precariedad juvenil y la desindustrialización, la producción industrial de alimentos, la despoblación rural o las relaciones entre franquismo y desertificación.
Aquí el concepto de legado adquiere otro significado.
Normalmente pensamos en un legado fotográfico mirando hacia atrás: conservar negativos, identificar fechas y lugares, digitalizar, catalogar, exponer y permitir que una obra sobreviva a su autor.
En el caso de Joana ocurre también lo contrario.
Las fotografías hechas en el pasado están ayudando a que puedan hacerse fotografías que todavía no existen.
La explotación de su obra genera recursos destinados a nuevos fotoperiodistas. Su nombre identifica una beca que permite investigar nuevas historias. Y unos negativos realizados durante buena parte del siglo XX participan, de alguna manera, en proyectos documentales del XXI.
El archivo deja entonces de ser solamente memoria.
Se convierte en continuidad.
Lo que queda después de hacer fotografías
Quizá esta sea la razón por la que Joana Biarnés merece un lugar especial en esta serie.
Su trabajo permite hablar de fotoperiodismo, de una mujer abriéndose paso en una profesión construida alrededor de hombres, de proximidad con las personas fotografiadas, de perseverancia y de una época extraordinariamente fértil para la prensa gráfica española.
Pero su historia permite preguntarnos además qué esperamos que ocurra con nuestras fotografías después de nosotros.
La mayoría de los fotógrafos nunca tendrá un archivo gestionado por una fundación. Tampoco hace falta imaginar nuestros negativos o discos duros convertidos algún día en patrimonio cultural para que la pregunta tenga sentido.
Seleccionar, ordenar, identificar, imprimir, conservar y explicar nuestras fotografías también forma parte del trabajo fotográfico. Decidir cuáles importan puede ser tan necesario como decidir cuáles hacemos.
Joana Biarnés dejó de ejercer profesionalmente en 1985. Sin embargo, décadas después, otras personas volvieron a abrir sus cajas, mirar sus negativos y preguntarse qué había allí.
Encontraron la obra de una fotógrafa que había estado observando una sociedad mientras cambiaba.
Y gracias a ese trabajo, aquellas fotografías no solamente recuperaron su pasado.
También encontraron un futuro.
