La fotografía de...

La fotografía de… Daido Moriyama: el ruido, el grano y la ciudad

Hablar de Daido Moriyama es hablar de una forma de mirar la ciudad como si fuera un cuerpo vivo: caótico, fragmentado, sucio y fascinante. En sus imágenes no hay complacencia ni equilibrio, sino una búsqueda constante del instante imperfecto, de la emoción que aparece cuando la técnica se rompe. Su fotografía no se explica, se siente.

Moriyama pertenece a esa generación de fotógrafos japoneses que, en los años 60 y 70, transformaron la fotografía documental en algo visceral y poético al mismo tiempo. Hoy, su trabajo sigue siendo una referencia ineludible para quienes buscan una fotografía más libre, directa y honesta.

Quién es Daido Moriyama

Nacido en 1938 en Osaka, Daido Moriyama creció en un Japón que intentaba reconstruirse tras la guerra. En su juventud trabajó como ayudante del fotógrafo Eikoh Hosoe, de quien aprendió que la cámara podía ser una extensión del cuerpo, no una máquina objetiva.

En 1968 publicó su primer libro, Nippon Gekij? Shashinch? (“Teatro Nacional Japonés”), una obra que ya dejaba ver su fascinación por la vida urbana, los barrios marginales y los personajes anónimos. Poco después se incorporó al grupo Provoke, junto a Takuma Nakahira y Yutaka Takanashi, un colectivo que cambió para siempre el lenguaje fotográfico japonés.

Su estilo —altamente contrastado, desenfocado y con grano visible— se convirtió en una declaración estética y ética: la imperfección como verdad. Moriyama se distanció de la idea de “fotografía pura” y se acercó a la experiencia de la calle como un flujo continuo de estímulos.

Su manera de fotografiar

Moriyama camina. Camina sin rumbo por Tokio, Shinjuku, Osaka o cualquier ciudad donde pueda perderse. No busca la foto perfecta, sino el pulso del momento. Sus imágenes no son descripciones: son fragmentos.

Su método tiene algo de escritura automática: la cámara —una compacta Ricoh GR o una Nikon pequeña— actúa como una libreta de notas. Dispara rápido, casi sin mirar, confiando en el azar y en su instinto.

El resultado son imágenes borrosas, subexpuestas o sobrecontrastadas, pero cargadas de presencia. Cada encuadre es una respiración, un golpe de corazón. Lo que otros descartarían por “defecto”, en Moriyama se convierte en estilo.

“La cámara no tiene que representar la realidad. Basta con que sea una herramienta para experimentar con ella.” — Daido Moriyama

Fotografía como deriva

El fotógrafo japonés asumió pronto que la ciudad no se puede dominar: solo se puede recorrer. Su obra está llena de reflejos, escaparates, luces de neón, perros callejeros y rostros fugaces. Todo parece moverse. No hay una distancia segura entre el fotógrafo y lo fotografiado.

En lugar de buscar la belleza, busca la intensidad. Y esa intensidad surge del ruido, del movimiento, del grano que rompe la superficie. Su blanco y negro no pretende ser elegante, sino expresivo.

Temas y obsesiones

Moriyama siempre ha estado obsesionado con la ciudad y con el deseo. Sus fotografías muestran escaparates con maniquíes, mujeres que fuman, carteles, rótulos, sombras y coches. Todo parece cargado de un erotismo oscuro, una mezcla de atracción y soledad.

En sus fotolibros, Tokio aparece como una metáfora del ser humano contemporáneo: lleno de información, ruido, luces y soledad. El fotógrafo es un peatón más, un testigo que no busca ordenar el caos, sino convivir con él.

El movimiento también es una constante. Sus imágenes son rápidas, inestables, vibrantes. Esa velocidad genera ambigüedad: lo que vemos puede ser una calle o un sueño, una sombra o un deseo.

Y en el fondo, hay un tema aún más profundo: la memoria. Moriyama entiende la fotografía como una forma de recordar sin conservar. Cada imagen es un fragmento que ya se desvanece en el momento en que se revela.

El fotolibro como territorio natural

Si hay un terreno donde la obra de Moriyama alcanza su plenitud, es el fotolibro. Desde los años 60 hasta hoy ha publicado más de un centenar de títulos, muchos de ellos autoeditados o en pequeñas editoriales japonesas.

Su relación con el fotolibro no es casual. Para él, el libro es el lugar donde la fotografía puede ser libre: donde el ritmo, la secuencia y la textura del papel forman parte del discurso. A diferencia de la exposición, el libro se toca, se huele, se lee en silencio.

Obras como Provoke (1968), Bye Bye Photography (1972) o Stray Dog (1999) son hitos de la edición fotográfica contemporánea. En ellas, el montaje y la secuencia crean una narrativa fragmentada, casi cinematográfica, que exige al lector participar activamente.

Su colaboración con diseñadores y editores japoneses —especialmente con Takuma Nakahira— consolidó un estilo inconfundible: páginas con imágenes en sangrado, contrastes extremos, repeticiones y cortes abruptos. El libro se convierte en una experiencia física y emocional.

“Fotografiar es una manera de vivir, no de registrar. Cada imagen es una huella de mi propio caminar.”

Fotografía como papel vivo

En los últimos años, Moriyama ha seguido produciendo fotolibros a un ritmo impresionante. Publica nuevas ediciones, reediciones, libros experimentales. Para él, cada fotolibro es una nueva manera de respirar sus propios archivos.

Y, curiosamente, en la era digital su obra no ha perdido vigencia: su estética cruda y espontánea parece hecha para el tiempo del scroll y las redes, pero mantiene la densidad del papel. Moriyama sigue demostrando que el fotolibro no es un formato nostálgico, sino una forma contemporánea de pensar la imagen.

Legado y vigencia

La influencia de Daid? Moriyama se siente en fotógrafos de todo el mundo. Desde las calles de Nueva York hasta los suburbios europeos, su estilo ha inspirado a generaciones que buscan una fotografía más intuitiva y menos domesticada.

Su legado no se reduce a un estilo visual. Lo esencial de su obra está en su actitud: la libertad para experimentar, la aceptación del error, el placer de fotografiar sin plan. En tiempos de cámaras perfectas y filtros precisos, Moriyama nos recuerda que la fotografía sigue siendo un acto físico y emocional.

Su exposición “Moriyama Daido: A Retrospective” (2022) en el Tokyo Photographic Art Museum reafirmó esa vigencia: a los 80 años, sigue caminando, cámara en mano, buscando lo que no se puede explicar con palabras.

Una lección de imperfección

Moriyama nos enseña que la fotografía no necesita ser nítida para ser clara. Que el desenfoque también puede contar la verdad. Que una imagen movida puede contener más vida que una perfectamente enfocada.

Su obra es un recordatorio de que fotografiar es estar vivo, y que el ruido, el grano y la confusión forman parte de la belleza del mundo.

En una entrevista dijo una vez: “No me interesa el momento decisivo; me interesa el momento cualquiera”. Y quizá ahí esté toda su filosofía. La fotografía como deriva, como respiración, como espejo roto del tiempo.

Cierre personal

Hay algo profundamente honesto en la mirada de Moriyama. No busca agradar ni convencer, solo caminar y mirar. Su fotografía no es elegante, pero es auténtica. No busca respuestas, sino preguntas.

Cada vez que abro uno de sus fotolibros, me recuerda que lo importante no es el resultado, sino el impulso. Esa necesidad de salir a la calle, cámara en mano, sin saber qué vas a encontrar, pero sabiendo que algo te va a encontrar a ti.

¿Y tú? ¿Te atreverías a fotografiar sin buscar la foto perfecta?

NOTA: La imagen destacada de este artículo ha sido creada por Gavilá con asistencia de Inteligencia Artificial. No representa hechos reales ni pretende sustituir la autoría fotográfica humana, sino servir como ilustración conceptual del contenido.