La fotografía de...

Pilar Aymerich, la voluntad de desaparecer

Hay fotógrafos que necesitan hacerse visibles para conseguir una fotografía. Pilar Aymerich prefería exactamente lo contrario.

Podía vestirse de negro para trabajar en un teatro, de marrón si fotografiaba arquitectura o de blanco en determinados cementerios cubanos. En una manifestación intentaba no parecer fotógrafa. No era una extravagancia ni una estrategia para ocultarse de quienes tenía delante. Formaba parte de una manera de entender su posición: cuanto menos protagonismo adquiriera quien llevaba la cámara, más posibilidades tendría de comprender lo que estaba ocurriendo.

Resulta paradójico porque Aymerich nunca fue una fotógrafa distante.

Para desaparecer tenía que acercarse.

Su archivo está ligado a la Barcelona del tardofranquismo y la Transición, al movimiento feminista, las reivindicaciones sociales, el mundo cultural, el teatro y a muchas de las personas que protagonizaron aquellos años. Pero quizá lo más interesante hoy no sea solamente preguntarnos qué fotografió.

También podemos preguntarnos desde dónde decidió hacerlo.

Desaparecer no significa mirar desde lejos. A veces hay que formar parte de lo que ocurre para saber dónde está la fotografía.

La voluntad de desaparecer

Pilar Aymerich comenzó a trabajar profesionalmente como fotógrafa a finales de los años sesenta, después de haberse formado en arte dramático y de ampliar estudios fotográficos fuera de España.

El teatro no quedó simplemente como una etapa anterior de su biografía. Algo de aquella formación permaneció en su manera de observar.

Cuando fotografiaba una manifestación procuraba llegar antes. Miraba el recorrido, estudiaba la luz y trataba de comprender cómo podía desarrollarse aquello que estaba a punto de suceder. Después se introducía entre los participantes.

Una manifestación podía tener para ella algo parecido a una estructura dramática: un comienzo, un desarrollo y algún momento en el que la tensión alcanzaba su punto máximo. Fotografiar únicamente la cabecera y marcharse significaba renunciar a buena parte de esa historia.

Había que permanecer.

Esta manera de trabajar introduce una cuestión que sigue siendo pertinente para cualquiera que fotografíe personas en la calle. La distancia física no es necesariamente distancia fotográfica. Podemos utilizar un teleobjetivo desde muchos metros y resultar tremendamente invasivos; también podemos estar muy cerca y conseguir que nuestra presencia deje de organizar la escena.

Aymerich buscaba esa segunda posibilidad. No desaparecer para espiar, sino para dejar de ser el acontecimiento.

Estar dentro también es tomar partido

La invisibilidad podría hacernos pensar en una fotógrafa que intenta observar sin intervenir y aspira a una supuesta objetividad. Nada más lejos de su posición.

Aymerich nunca ocultó que fotografiaba desde unas convicciones determinadas. Participó activamente en el movimiento feminista y documentó las Jornades Catalanes de la Dona celebradas en Barcelona en 1976, además de manifestaciones, movimientos vecinales, luchas obreras y reivindicaciones que estaban transformando la sociedad española.

Algunas de aquellas historias ocupaban entonces mucho menos espacio en los medios del que hoy podríamos imaginar.

Eso convierte la elección del tema en una parte fundamental de la fotografía. Antes del encuadre, de la focal o del instante existe otra decisión: determinar qué merece ser fotografiado.

La cámara nunca llega a todos los lugares. Y quien la lleva tampoco.

Aymerich ha defendido que no cree en la objetividad fotográfica, aunque sí en la honradez profesional. La distinción es importante. Reconocer que existe un punto de vista no significa renunciar al rigor; significa aceptar que cualquier fotografía comienza con una selección.

Elegimos dónde estar, hacia dónde mirar y cuándo disparar. También elegimos dónde no estar.

Fotografiar a quienes tenemos cerca

Su proximidad no fue únicamente política. También fue personal.

Aymerich fotografió durante años a escritores, actores, artistas y personas vinculadas a la cultura catalana. Entre ellas estuvo Montserrat Roig, amiga y compañera de numerosos trabajos periodísticos.

En esos retratos aparece otra forma de desaparecer.

Cuando existe confianza entre quien fotografía y quien es fotografiado, la cámara puede dejar de ocupar el centro de la relación. El retrato ya no depende únicamente de conseguir una expresión interesante, sino del espacio que se crea entre dos personas que saben por qué están allí.

Quizá por eso sus fotografías permiten evitar una separación demasiado cómoda entre retrato, fotoperiodismo y documentación social. En todos esos territorios aparece una preocupación parecida: acercarse lo suficiente para comprender sin necesitar convertir al fotógrafo en protagonista.

Ella ha utilizado una expresión mucho menos solemne para explicar su manera de salir con la cámara: «Yo salgo a pescar fotos».

Antes del encuadre, de la focal o del instante existe otra decisión: determinar qué merece ser fotografiado, como vimos en Con qué objetivo salimos a fotografiar. La imagen resulta especialmente afortunada. Pescar exige atención y paciencia, pero también aceptar que no controlamos completamente aquello que aparecerá.

Cuando una fotografía deja de ser noticia

Muchas fotografías de Pilar Aymerich nacieron vinculadas a acontecimientos concretos. Manifestaciones, jornadas políticas, protestas, actos culturales o personajes que entonces formaban parte de la actualidad.

Décadas después, aquellas imágenes hacen algo diferente.

Ya conocemos buena parte de lo que ocurrió. Sabemos qué reivindicaciones prosperaron, cuáles siguen abiertas y cómo terminó aquella etapa histórica. La fotografía ha perdido su urgencia informativa, pero ha ganado otra capacidad: permitirnos observar cómo estaban allí las personas.

Cómo vestían. Cómo ocupaban la calle. Qué pancartas llevaban. Cómo se miraban. Quién aparecía en primer término y quién quedaba alrededor. Detalles que quizá parecían secundarios cuando la fotografía acompañaba una noticia pueden convertirse con el tiempo en una parte esencial de su significado.

Por eso un archivo fotográfico no conserva únicamente grandes acontecimientos. Conserva también gestos, relaciones y pequeñas informaciones que nadie sabía todavía que algún día necesitaríamos mirar.

Esa transformación puede recorrerse también en La Barcelona de Pilar Aymerich, un libro que reúne su mirada sobre la ciudad y permite observar cómo acontecimientos, personajes y escenas cotidianas terminan formando parte de una memoria colectiva.

El reconocimiento de la obra de Aymerich ha llegado después: exposiciones, incorporación de sus fotografías a colecciones públicas y el Premio Nacional de Fotografía en 2021. Pero probablemente su importancia no dependa de esos reconocimientos.

Depende de haber estado allí.

Y de haber sabido desaparecer lo suficiente para que, muchos años después, sigamos viendo a quienes estaban delante de su cámara.

NOTA: Las imágenes destacadas de este artículo han sido creadas por Gavilá con asistencia de inteligencia artificial. No representan hechos reales ni pretenden sustituir la autoría fotográfica humana, sino servir como ilustración conceptual del contenido.



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