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Por qué seguimos fotografiando en blanco y negro

La fotografía en blanco y negro nació sin posibilidad de elegir. Durante buena parte de la historia de la fotografía, el mundo podía tener todos los colores que quisiera, pero la imagen fotográfica terminaba traduciéndolos a una escala de grises.

Hoy sucede exactamente lo contrario. Fotografiar en color es lo normal, cualquier teléfono puede hacerlo y convertir después una imagen a blanco y negro requiere apenas unos segundos. Sin embargo, seguimos encontrando fotógrafos que deciden prescindir del color. Algunos incluso compran cámaras diseñadas para que esa decisión sea irreversible.

Quizá por eso la pregunta ya no sea qué tiene de especial el blanco y negro. Resulta más interesante preguntarnos qué cambia en nuestra manera de mirar cuando decidimos que el color no formará parte de la fotografía.

El blanco y negro ya no es una limitación

Hay una explicación recurrente: el blanco y negro elimina distracciones. Puede hacerlo, pero quedarse ahí sería reducirlo a una herramienta para limpiar encuadres.

Cuando desaparece el color cambian las relaciones entre las cosas.

Dos objetos que se distinguían claramente por ser rojo y verde pueden adquirir valores tonales muy próximos. Una pared amarilla que dominaba una escena puede dejar de hacerlo. Una sombra puede ganar presencia. La textura de una piel, una fachada o una carretera puede hacerse más evidente porque ya no compite con otra información visual.

No hemos eliminado simplemente algo de la fotografía. Hemos cambiado la jerarquía de aquello que vemos.

Pasar una fotografía a blanco y negro no consiste solamente en quitarle el color. Consiste en descubrir qué queda cuando el color deja de organizar nuestra mirada.

Hace unos días ocurrió algo muy sencillo mientras elegíamos una imagen para BLOG/ARCHIVO en PIEDEFOTO. Teníamos exactamente la misma escena en color y en blanco y negro: una mujer examinando una copia en un gran archivo fotográfico.

En color resultaban especialmente atractivas la luz cálida, la madera, los tonos del espacio y el verde que entraba por los ventanales. Era una imagen más seductora. Al verla en blanco y negro, sin embargo, comenzaron a relacionarse de otra manera la mujer, la fotografía que sostenía y las decenas de imágenes que la rodeaban.

No había aparecido nada nuevo en el encuadre. Simplemente habíamos dejado de mirar algunas cosas para empezar a mirar otras.


Fotografiar sabiendo que el color no estará

No todas las decisiones sobre el blanco y negro ocurren en el mismo momento.

Podemos fotografiar normalmente en color y decidir durante la edición que determinada imagen funciona mejor en monocromo. Es una decisión perfectamente legítima: observamos la fotografía terminada y comprobamos qué ocurre al modificar una de sus variables fundamentales.

También podemos configurar una cámara convencional para que su pantalla o visor nos muestre la escena en blanco y negro. Si fotografiamos en RAW conservaremos normalmente la información de color, pero durante la toma estaremos intentando pensar en luminosidad, contraste, formas y relaciones tonales.

Hay todavía una tercera posibilidad mucho más radical: utilizar una cámara que no pueda fotografiar en color.

La Ricoh GR IV Monochrome lleva esa elección hasta el propio sensor. Ricoh eliminó la matriz de filtros de color necesaria para obtener información RGB: cada píxel registra directamente información de luminosidad. Es una compacta APS-C de aproximadamente 25,7 megapíxeles que solo produce imágenes monocromáticas. La diferencia conceptual es enorme.

Con una cámara convencional podemos arrepentirnos. Con una cámara monocromática, la renuncia ocurre antes de hacer la fotografía. Eso obliga a enfrentarse a una situación que el fotógrafo digital había aprendido a evitar: hay información que deliberadamente decidimos no conservar.

Una cámara que convierte la renuncia en herramienta

Sería fácil convertir la Ricoh en protagonista y comenzar a hablar de resolución, sensibilidad, óptica o rendimiento. Pero aquí resulta mucho más interesante por lo que propone que por su ficha técnica.

La propia Ricoh explica que su sensor monocromático prescinde tanto de los filtros de color como del proceso de interpolación necesario para formar una imagen RGB, buscando mayor definición y riqueza tonal. Y hay una decisión todavía más reveladora: donde la GR IV convencional incorpora un filtro ND, la Monochrome incorpora un filtro rojo físico activable.

Quien haya trabajado con película en blanco y negro reconocerá inmediatamente el principio. Un filtro rojo modifica cómo se traducen los colores a grises: puede oscurecer un cielo azul y aumentar su contraste con las nubes, mientras aclara los elementos rojos. Ricoh ha trasladado esa forma de intervenir sobre la imagen a una compacta digital contemporánea.

La paradoja es bonita: hemos desarrollado cámaras capaces de registrar millones de colores con enorme precisión y, después de conseguirlo, construimos una cámara sofisticada para renunciar a todos ellos.

No parece simplemente nostalgia tecnológica. Ricoh explicó en 2026 que había observado el uso frecuente de los modos de blanco y negro entre usuarios de generaciones anteriores de la GR y relacionaba especialmente esa práctica con la fotografía callejera.

Aquí la cámara deja de ser únicamente un producto. Se convierte en una pregunta fotográfica.

Cuando una limitación es voluntaria, puede dejar de ser una carencia para convertirse en una forma de decidir.

Por eso tiene sentido que una cámara así resulte atractiva para alguien interesado en fotógrafos como Daido Moriyama. No porque comprar una Ricoh vaya a acercar nuestras fotografías a las suyas —afortunadamente el asunto no funciona con tanta facilidad—, sino porque elimina una posibilidad y obliga a trabajar dentro de las restantes.

El peligro de que el blanco y negro lo haga todo por nosotros

También existe una trampa.

Una fotografía mediocre puede adquirir inmediatamente cierta apariencia de gravedad cuando la convertimos a blanco y negro. El contraste, el grano, los negros profundos o una determinada gama tonal arrastran consigo décadas de cultura fotográfica. El resultado puede parecer más documental, más íntimo, más antiguo o simplemente más «fotográfico».

Pero una estética reconocible no sustituye una decisión fotográfica.

El blanco y negro tampoco convierte automáticamente una escena confusa en una fotografía ordenada. Puede simplificar algunas relaciones y complicar otras. Si dos elementos se separaban gracias al color y adquieren el mismo gris al eliminarlo, podemos perder precisamente la estructura que sostenía la imagen.

Por eso quizá resulte útil invertir la pregunta habitual. En lugar de mirar una fotografía y preguntarnos «¿quedará mejor en blanco y negro?», podemos preguntarnos:

¿Qué está haciendo el color en esta fotografía?

Si está construyendo profundidad, relacionando elementos, separando planos o convirtiéndose en el verdadero asunto de la imagen, eliminarlo puede empobrecerla. Es algo que vemos con especial claridad en fotógrafos como Alex Webb o Saul Leiter: en muchas de sus fotografías el color no rellena las formas; participa en su organización.

Precisamente por eso fotografiar en blanco y negro puede ser un ejercicio extraordinario. Nos obliga a comprobar qué otras relaciones pueden sostener una imagen cuando esa herramienta desaparece.


Por qué seguimos haciéndolo

Quizá no exista una única respuesta. Seguimos fotografiando en blanco y negro porque permite abstraernos parcialmente de la apariencia inmediata de las cosas. Porque modifica la relación entre luces y formas. Porque puede dar continuidad a imágenes tomadas en lugares y momentos diferentes. Porque algunos fotógrafos han construido durante años una forma de pensar visualmente en grises.

Y también, probablemente, porque fotografiar consiste tanto en excluir como en incorporar.

Cada encuadre deja mundo fuera. Cada focal establece una distancia. Elegir un instante significa renunciar al anterior y al siguiente. Decidir una exposición privilegia unas zonas de la imagen frente a otras. Prescindir del color puede entenderse como otra de esas decisiones.

No hace falta comprar una cámara monocromática para comprobarlo. Basta con salir alguna vez a fotografiar habiendo decidido previamente que las imágenes serán en blanco y negro y observar qué empieza a ocurrir: qué buscamos, qué ignoramos, cuánto importan las sombras, cuándo una superficie adquiere interés y qué escenas dejamos pasar porque descubrimos que dependían completamente del color.

Ahí está la diferencia entre convertir una fotografía a blanco y negro y salir a mirar en blanco y negro.

Después siempre podremos volver al color.

Salvo, claro, que hayamos salido con una Ricoh GR IV Monochrome.

NOTA: Las imágenes de este artículo han sido creadas por Gavilá con asistencia de inteligencia artificial. No representan hechos reales ni pretenden sustituir la autoría fotográfica humana, sino servir como ilustración conceptual del contenido.





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