En la fotografía de Franco Fontana el paisaje deja de ser un lugar para convertirse en una estructura. No interesa tanto el “dónde” como el “cómo”. La cámara no se dirige a la naturaleza para describirla, sino para ordenarla. Para reducirla a planos, límites, tensiones y ritmos. El paisaje, en sus imágenes, no se contempla: se compone.