Trabajar con fotografías sin hacer fotografías
Durante mucho tiempo, cuando pensamos en trabajar en fotografía pensamos casi inevitablemente en hacer fotografías. Alguien sostiene una cámara, encuentra una imagen y aprieta el disparador. Sin embargo, alrededor de ese gesto existe una red de trabajos menos visibles que también determina qué fotografías terminamos viendo y cuáles permanecen olvidadas.
Alguien tiene que mirar un archivo. Seleccionar unas imágenes y descartar otras. Encontrar relaciones entre fotografías realizadas con años de diferencia. Construir una exposición. Decidir el orden de un fotolibro. Investigar quién aparece en una imagen o cuándo fue realizada. Conservar negativos, gestionar derechos y conseguir que una obra encuentre nuevos lectores.
La fotografía necesita fotógrafos, pero la cultura fotográfica necesita también personas capaces de trabajar con las imágenes que otros hicieron.
La trayectoria de Silvia Omedes resulta especialmente interesante para acercarse a esos oficios. Ella misma quiso ser fotógrafa, pero terminó comprendiendo que su lugar podía estar en otro sitio. Después de estudiar Historia del Arte, trabajar en el Guggenheim de Nueva York y formarse en fotoperiodismo, encontró su territorio en la gestión cultural. En 2001 fundó Photographic Social Vision, dedicada especialmente a la fotografía documental y al apoyo de fotógrafos y archivos.
No dejó la fotografía. Simplemente decidió trabajar desde el otro lado.
Comisariar también es construir una mirada
Entrar en una exposición puede producir una sensación engañosa de naturalidad. Las fotografías están allí, colocadas sobre una pared, y parece que bastaría con reunirlas para que la exposición existiera.
Pero alguien ha decidido cuáles debían estar y cuáles no.
El comisariado comienza mucho antes de colgar una fotografía. Hay investigación, selección, relaciones entre imágenes, documentación y una idea desde la que mirar el conjunto. Después aparecen el espacio, el tamaño de las copias, el recorrido, los textos y la relación física entre unas fotografías y otras.
Una misma obra puede admitir exposiciones muy diferentes porque exponer fotografías significa también proponer una forma de leerlas.
Silvia Omedes comenzó profesionalmente como coordinadora de exposiciones y asistente de comisariado en el Museo Guggenheim de Nueva York y posteriormente trabajó en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Su trayectoria como comisaria independiente permite entender que este trabajo no consiste únicamente en seleccionar buenas fotografías: consiste en encontrar qué pueden decir cuando empiezan a relacionarse entre ellas.
El fotógrafo decide qué queda dentro del encuadre. Años después, un comisario puede encontrarse ante cientos o miles de esos encuadres y tener que tomar otra clase de decisiones.
Una exposición no muestra simplemente fotografías. Construye relaciones entre ellas para proponer una manera de mirarlas.
Quizá por eso visitar una exposición también puede modificar nuestra percepción de una obra que creíamos conocer. La fotografía permanece, pero el contexto cambia.
Esa construcción de la mirada también cambia cuando la exposición abandona una única sala y se extiende por distintos espacios. En ValenciaPhoto, cuando un festival de fotografía ocupa la ciudad vimos cómo el propio recorrido del visitante puede acabar formando parte de la experiencia fotográfica.
Editar es decidir qué historia cuentan las imágenes
Algo parecido sucede con la edición fotográfica. Editar no significa aquí retocar una imagen ni ajustar su contraste. Significa seleccionar y ordenar fotografías para construir un relato.
Photographic Social Vision define la edición precisamente como un proceso de selección destinado a contar una historia y advierte de una dificultad evidente: para el propio fotógrafo puede resultar complicado distanciarse emocionalmente de sus imágenes. Aquella fotografía que costó horas conseguir, aquel viaje, aquella persona o aquel instante especialmente importante para quien estuvo allí no tienen por qué ocupar el mismo lugar para quien observa el trabajo desde fuera.
En un fotolibro esta tarea se vuelve especialmente visible. Pasar una página establece una relación entre la fotografía que dejamos atrás y la que encontramos después. Una imagen puede ocupar una doble página, aparecer aislada, dialogar con otra o necesitar un espacio vacío antes de continuar.
El fotolibro añade además la materialidad de la fotografía: papel, tamaño, impresión y secuencia forman parte de la experiencia. Es otra expresión de algo que ya planteamos en Imprimir fotografías: cuando la imagen vuelve a ser un objeto.
El libro introduce también algo que una exposición no controla de la misma manera: el ritmo físico del lector. Podemos detenernos, volver atrás, cerrar el libro y retomarlo días después. La secuencia sigue existiendo, pero cada lector la recorre a su velocidad.
Por eso un buen fotolibro no es solamente una colección de buenas fotografías. Algunas imágenes que funcionarían magníficamente solas pueden resultar innecesarias dentro de una secuencia, mientras que otras aparentemente menos espectaculares pueden convertirse en la transición que permite entender todo el conjunto.
Editar también es mirar. Y hacerlo sobre fotografías ajenas exige una combinación peculiar de respeto y distancia: comprender qué quiso hacer el fotógrafo sin quedar atrapado necesariamente por sus propias preferencias.

Cuando un archivo vuelve a mirar hacia el presente
Probablemente la dimensión más fascinante del trabajo de Omedes sea la gestión de archivos fotográficos.
Un archivo puede contener decenas de miles de negativos, contactos, copias, documentos y fotografías cuya importancia nadie ha determinado todavía. Conservarlo físicamente es fundamental, pero conservar no basta. Hay que mirar.
En 2014, Silvia Omedes llegó a casa de Joana Biarnés después de que el periodista Jordi Rovira le hablara de ella. Biarnés comenzó a abrir cajas. Allí aparecieron fotografías de los Beatles, Carmen Sevilla, Roman Polanski y muchos otros personajes, pero también el testimonio visual de una España que estaba transformándose.
Omedes entendió que aquel archivo tenía que volver a circular.
Durante los años siguientes, Photographic Social Vision investigó y digitalizó el archivo, organizó exposiciones, gestionó entrevistas y derechos, promovió la venta de obra y participó en la producción de un documental y en la edición de un libro. Biarnés, que había abandonado profesionalmente la fotografía décadas antes, pudo asistir al reconocimiento tardío de su trabajo antes de morir en 2018.
La historia resulta especialmente significativa porque las fotografías ya existían. No hubo que hacerlas de nuevo. Lo que faltaba era volver a mirarlas.
Un archivo fotográfico no conserva solamente lo que ocurrió. Necesita que alguien vuelva a mirarlo para decidir qué puede seguir diciendo en el presente.
Ese trabajo modifica incluso nuestra historia visual. Una fotografía guardada durante cuarenta años no forma parte de la memoria colectiva simplemente porque exista. Necesita ser localizada, identificada, conservada, investigada y finalmente mostrada.
Photographic Social Vision trabaja actualmente con diferentes archivos históricos y señala entre sus tareas la conservación, investigación y difusión de esos fondos. Exposiciones, publicaciones, copias y licencias forman parte de una gestión que intenta mantener activa una obra en lugar de convertir el archivo en un almacén del pasado.
La vida de una fotografía después del fotógrafo
Hay una tendencia comprensible a considerar el momento del disparo como el acontecimiento central de la fotografía. Lo es para quien está detrás de la cámara, pero puede ser solo el comienzo de la vida de una imagen.
Después llegará alguien que la seleccione para un reportaje. Quizá otra persona la encuentre décadas más tarde dentro de un archivo. Un comisario decidirá colocarla junto a otra fotografía. Un editor la situará en una determinada página. Un investigador identificará a las personas que aparecen en ella. Un museo conservará una copia. Un galerista, una institución o una fundación conseguirán que vuelva a ser vista.
Cada una de esas operaciones modifica el contexto sin modificar necesariamente la fotografía.
Y alrededor de ellas existe un territorio profesional considerable: gestores culturales, comisarios, editores gráficos, conservadores, investigadores, responsables de archivos, galeristas, agentes y especialistas en derechos de autor trabajan con fotografías aunque rara vez sean quienes aprietan el disparador.
La propia trayectoria de Silvia Omedes resulta reveladora porque nació de una elección. Quiso ser fotógrafa y terminó comprendiendo que podía hacer algo diferente a favor de la fotografía. Hoy Photographic Social Vision no solo gestiona archivos históricos: trabaja con decenas de fotoperiodistas, asesora proyectos, edita trabajos, organiza exposiciones y desarrolla iniciativas relacionadas con la alfabetización visual y la fotografía documental.
Quizá convenga ampliar entonces lo que entendemos por dedicarse a la fotografía. Hacer fotografías es una posibilidad. Conseguir que algunas fotografías no desaparezcan es otra.
